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La recuperación merece la pena: 5 años post-anorexia

La recuperación merece la pena: 5 años post-anorexia

La recuperación merece la pena. Eso me repetían quienes iban por delante de mí en ese camino cuando mis sufrimientos en el proceso eran tan atroces que costaba confiar en que fuera así. Tantos miedos que resultan fútiles porque la mayoría nunca se cumplen, y otros dejan de ser miedos cuando nuestra mente sana y cambia hacia formas más sanas de pensar. Sí, yo ahora, a punto de cumplirse 5 años desde que me decidí a emprender el camino de la recuperación, puedo decir que todas y cada una de las dificultades merecen la pena por lo que hay después.

¿Es una vida perfecta, sin problemas, sin preocupaciones? No. Ni siquiera es una vida sin volver a tener pensamientos del trastorno que a veces incluso nos hagan tambalear. Pero es una vida rica en amplitud, libre y con la oportunidad de desarrollarnos en todo nuestro potencial y compartir eso con nuestros seres queridos. No es una seguridad de felicidad, pero sí nos abre el acceso a poder conseguirla de verdad.

Hoy, mi vida es completamente diferente a cuando vivía con la anorexia, a cuando estaba en recuperación y a cómo la enfermedad me empujaba en esos momentos a creer que iba a ser mi vida post-recuperación. ¿Qué puertas me ha abierto la recuperación por las que estoy agradecida?

Mi hijo

Perdí la regla durante la anorexia, y la recuperé cuando alcancé un peso saludable para mí. Con ello, vino el retorno de mi fertilidad, y esto me ha permitido tener un precioso bebé que ahora tiene 5 meses. La maternidad ha traído sus propios desafíos, y no precisamente menores. Pero amo con locura a mi pequeño y me maravilla saber que he pasado de no poder siquiera sostener con mi alimentación las funciones básicas de mi cuerpo a ser capaz de nutrir a otra persona. Todo lo que el bebé ha crecido y desarrollado desde que era apenas una celulita hasta ahora lo ha sacado de nutrirse de mí, primero en el útero y después a través de la leche materna. Es algo que me llena de un asombro reverencial.

Disfrutar de las ocasiones con comida

Uno de los efectos más obvios de la recuperación es que permite disfrutar más de la comida, tanto por poder comer alimentos deliciosos que nos prohibíamos como por desterrar la culpa al comer. Y sí, la comida está muy rica y eso mola. Pero mucho mejor es ser capaz de disfrutar su aspecto social. Hay muchísimas ocasiones sociales y eventos que incluyen comida, o incluso giran alrededor de una mesa. Con un trastorno alimenticio, la comida nos ocupa toda la atención: estimar las calorías, ver cuánto vamos a comer, pensar cómo lo compensaremos después, sentirnos culpables, resistir el impulso hacia los alimentos prohibidos… Ni disfrutamos la comida, ni de la diversión del evento o la conversación con nuestros seres queridos. En cambio, la recuperación pone la comida en su sitio: es una cosa buena más del momento que contribuye a hacerlo bonito. No es el centro, podemos poner el foco en pasárnoslo bien y estar inmersas en la experiencia.

Mejorar la relación con mi madre

La anorexia generaba una tensión muy grande en mi relación con mi madre. Cuando llegaba la hora de comer, por tanto varias veces al día, nos convertíamos en enemigas. Desde mi punto de vista, ella me quería forzar a comer y yo tenía que resistirme a toda costa. Eso resultaba drenante. Además, mentía como una descosida para ocultar mis restricciones y mi ejercicio. Y montaba unos pollos tremendos cada vez que se le ocurría sacar el tema de que pudiera tener un TCA, o cuando me obligaba a ir al médico. Sincerarme con ella sobre todo lo que había estado pasando durante los 11 años que viví con la anorexia fue el paso fundamental que marcó el inicio de la recuperación. Aunque no fue fácil, aprendimos a luchar juntas contra el verdadero enemigo, en lugar de entre nosotras. Y pudimos sanar esas heridas del pasado para forjar una relación más basada en la confianza.

Cultivar la humildad

La anorexia me generaba mucho orgullo. Me ensoberbecía por ser capaz de “resistir a las tentaciones” de la comida, estar libre de esos placeres carnales. Me sentía superior a los demás por no caer, no ceder, y que me dijeran que ojalá ser como yo pudiendo rechazar el chocolate y cosas así. Y estar más delgada que el resto era la medida de mi valía. La recuperación me obligó a poner los pies en la tierra y ver que yo, como cualquier otra persona, necesitaba comida para vivir y estar bien, y que la restricción no me hacía mejor o más disciplinada, sino solo más enferma. Y que la gente podría estar preocupada o con remordimientos por la comida (trágica consecuencia de la cultura de la dieta en la que vivimos), pero la que me estaba perdiendo la vida por estar obsesionada con eso era yo. También vi que no tenía tanto control como creía, puesto que no era capaz de dejar de restringir a voluntad: la controlada era yo. Esta experiencia me ha dado mucha empatía y comprensión hacia las personas que sufren y luchan contra sus defectos y sus demonios.

Sentirme más libre el resto del día

Un trastorno alimenticio es un trabajo a tiempo completo. No solo se manifiesta a la hora de la comida, ni mucho menos, sino que absorbe la atención durante todo el día. A todas horas, la comida, el ejercicio, la delgadez… ocupan la mente. La recuperación me ha permitido compartimentar más mi vida. Sí, comer requiere planificar, comprar, preparar y tal, pero tiene sus espacios. No está siempre en segundo (o primer) plano en mi mente. Es una parte (buena) más de la vida, no el tema omnipresente. Y no soy perfecta en esto, porque los pensamientos a veces llaman a la puerta o directamente entran sin preguntar. Pero sí noto cómo la mayor parte del tiempo no es algo que esté presente en mi mente, permitiendo dedicar mis energías a lo que tengo entre manos en cada momento.

Tener libertad para amar

Yo tengo la creencia de que es necesario ser libre para poder amar de verdad; por eso Dios nos creó con libre albedrío para que le amemos. Y esto se cumple también en este caso. Siendo esclava de la enfermedad, no podría haber entregado de verdad mi amor a mi marido. Había otro “ente” en mi vida que era lo número 1 y siempre iba a recibir prioridad, entrega y dedicación. Mi corazón ya tenía dueño. Aunque yo ya por entonces quería formar una familia, mi idea estaba muy distorsionada: quería una pareja que también fuera anoréxica, adoptar hijos y criarlos en ese “estilo de vida” (es de las cosas que más me repugnan echando la vista atrás). El foco no estaba en amar a las personas, sino en el sacrificio a la doctrina de la enfermedad.

Tener más aguante y concentración

La restricción alimenticia provoca que evidentemente haya menos energía disponible para que el cuerpo cumpla toda función que no sea vital. Atender a algo que nos interesa o participar en una actividad que requiera cierta dedicación física o mentalmente intensa no entra en las prioridades. Por lo que no podemos dar nuestro máximo. A esto se suma que el foco de atención y energía número 1 de nuestro cerebro es la comida, no pudiendo apartarlo para concentrarnos en lo que hacemos del todo; siempre está ese otro pensamiento consumiendo energía. La recuperación me ha permitido tener aguante físico para realizar actividades que implican estar de pie un rato largo como excursiones, visitas a museos, ir a manifestaciones… pero también las que implican prestar atención un rato largo, como escuchar conferencias, mantener conversaciones profundas o jugar juegos de mesa.

Disfrutar del ejercicio

Con la anorexia hacía mucho ejercicio, pero lo detestaba. Anhelaba el día en que, fuera de la tutela de mi madre, pudiera restringir ya todo lo que quisiera en comida para poder dejar de hacer ejercicio. La recuperación me permitió cambiar el paradigma del ejercicio como algo para destruir (perder peso, que aportando tan pocas calorías significaba que el cuerpo se comiera el propio músculo), a algo para construir: para tener huesos y músculos más fuertes y para ganar energía en el día a día. Descubrí que el mejor ejercicio no tenía por qué ser el que quemara más calorías, y que podía elegir la forma de movimiento que más disfrutara, considerándola como un privilegio (puedo hacer esto solo cuando las necesidades de mi cuerpo están suficientemente cubiertas, cuando como lo suficiente). Tanto me enamoré de ello que me saqué una certificación de entrenamiento personal. Y ahora es algo esencial en mi vida, no para quemar calorías, sino para sentirme mejor, más calmada y más feliz. Tengo libertad para elegir lo que más me conviene en cada momento (por ejemplo, hace un año y pico me gustaba levantar pesos, mientras que ahora estoy a tope con el Pilates y el yoga), sin asociarlo a mi imagen corporal o a lo que haya comido.

Ampliar mis horizontes vitales

El “beneficio” de la anorexia para mí es que me aportaba un marcado sentido de propósito vital. Vivía para ello. Ahora me doy cuenta de lo pobre y limitado que era ese horizonte vital. Dejarlo atrás me ha permitido salir a un mundo lleno de otras oportunidades y experiencias, que puede dar más miedo, pero también es mucho más bello e ilimitado. No tengo el consuelo de ser la más delgada o la mejor en restringir, pero eso me abre la puerta a ser quien Dios me ha llamado a ser y a vivir todo lo que tenga preparado para mí.

Cultivar la sinceridad

El trastorno alimenticio me hacía vivir mintiendo constantemente a mis seres queridos. “Ya he comido”. “No me gusta el chocolate”. “Estoy llena”. “Sí, me he comido la merienda”. “No tengo hambre”. “Claro que no he tirado el desayuno”. “Soy así de delgada por complexión”… La anorexia era lo más importante de mi vida, y sin embargo lo llevaba con absoluto secretismo, y siempre manipulando para salirme con la mía. Pude llevar la recuperación adelante gracias a darle a eso un giro de 180º y empezar a practicar una honestidad radical: cualquier pensamiento del TCA ya no se quedaba en secreto, sino que se lo contaba a mi madre y/o a mi director espiritual. Es una enfermedad que vive del secretismo, y pierde mucha fuerza cuando no puede contar con eso. De esta manera he podido salir de ser una mentirosa compulsiva y he aprendido a ser más sincera y vulnerable en general con todos mis problemas y en mis relaciones con los demás.

Florecer en belleza

La salud y la belleza son dos bienes que van de la mano, en lugar de estar enfrentados como la anorexia me quería hacer creer. El mayor punto de belleza de tu cuerpo será el de mayor salud. Recuperarme me ha dado un pelo sano y con volumen, una piel y ojos más brillantes, unas uñas más fuertes, una complexión más armoniosa… Me da pena mirar las fotos de cuando creía que estaba súper bien por estar tan delgada.

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Ser más única

La anorexia me hacía creer que era especial gracias a ella. Pero es al revés, las personas con infrapeso por TCA somos todas muy iguales, con los mismos pensamientos, las mismas obsesiones, los mismos síntomas, e incluso unas facciones muy parecidas resultado de la delgadez extrema. Distanciarme de eso me ha permitido ser más yo, tanto físicamente (punto anterior) como sobre todo mentalmente, dejando espacio a esa voz que había quedado amordazada y acallada por los gritos de la anorexia en mi cabeza. No soy mi trastorno. La anorexia es una enfermedad egosintónica, lo que significa que la integramos como algo nuestro, que coincide con nuestros valores, nos identificamos con ella. Esto nos diluye y nos convierte en marionetas con solamente ilusión de control. Cuando dejamos esto atrás podemos descubrirnos en nuestra individualidad.

Enfrentar otros problemas enmascarados

Un trastorno alimenticio no existe en el vacío, y normalmente hay problemas más de raíz que contribuyen a que se desarrolle y mantenga, al tiempo que quedan estos ocultos al ser los síntomas del TCA más visibles. Es muy alta la tasa de comorbilidad de los trastornos alimenticios con otros desórdenes mentales, como en mi caso es el trastorno obsesivo-compulsivo. También va asociado a creencias erróneas sobre nosotras mismas y el mundo que tenemos que cambiar porque nos pueden hacer mucho daño; ejemplos míos: no soy buena en nada (por eso al menos puedo ser buena restringiendo y estando delgada), Dios quiere que elijamos siempre lo que nos haga sufrir para mortificarnos. Y están asimismo muy relacionados con formas de pensar que no nos llevan por buenos caminos: falta de flexibilidad, alta necesidad de control, todo o nada… Al sacar al TCA de la ecuación, se abre la posibilidad de distinguir qué no iba intrínsecamente unido a él, sino que solo estaba correlacionado, y trabajar más en profundidad sobre ello.

La recuperación no es la llave para una vida perfecta y sin problemas. Es la llave para una vida de oportunidades de sanación, amor, enriquecimiento y entrega. Y, por mucho miedo que esto pueda dar, hemos de recordar que un trastorno alimenticio no nos va a preservar de las acritudes de la vida, sino de sus alegrías. Una vida sin trastorno alimenticio es siempre mejor que una vida con trastorno alimenticio, independientemente del resto de cosas que vengan. Como mucho, nos puede servir como mecanismo de huida y escondrijo, pero esto nunca nos permitirá avanzar y crecer. La recuperación merece siempre la pena. Todas y cada una de las dificultades terribles que conlleva me han merecido la pena viéndolas a posteriori. Hay salida. Hay un mundo mejor a la salida de la cueva. Hay una “tú” mejor para disfrutar más de ese mundo y seguir contribuyendo a mejorarlo.

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