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A Dios le importa tu cuerpo

A Dios le importa tu cuerpo

¿Cuidas tu alma y descuidas tu cuerpo? Hay quienes se comportan así y se creen más “espirituales” y por tanto superiores como cristianos a quienes sí se preocupan por su físico. Se ríen de una alimentación sana y del ejercicio, o lo miran con recelo como obsesivo. Y toda preocupación estética sencillamente les merece desprecio. No se dan cuenta de que con todo eso se puede, y se debe en la medida de lo posible, dar gloria a Dios. Podemos glorificarle con nuestro cuerpo, y ofrecerle así un culto completo. Veamos por qué y cómo:

La Creación

Tras relatar la creación del mundo y del hombre, alma y cuerpo, leemos en el libro del Génesis: “Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno”. Podría haber creado todo de otra forma, podría habernos hecho incorpóreos como los ángeles. Pero no, nos hizo con cuerpo, y consideró que era muy bueno. No tenemos derecho a arruinar lo que Dios ha creado bueno.

Él ha entregado la tierra entera al hombre, pero no como dueño, sino como arrendatario. Tenemos una responsabilidad con toda la creación, que ya ha quedado dañada en su esencia con nuestro pecado, pero además podemos dañar directamente con nuestras acciones. Tenemos entonces el deber de cuidar y proteger toda la naturaleza. Y, de modo particular, nuestro cuerpo, la posesión más íntima de la creación que se nos ha dado. Es nuestra porción de tierra a cultivar con más esmero, el trocito de la creación del que somos más inmediatamente responsables.

El quinto mandamiento

El quinto mandamiento es no matarás. Es el típico que todos solemos pensar que cumplimos. Pero, si continuamente hacemos cosas que dañan a nuestro cuerpo (fumar, beber en exceso, comer demasiado o demasiado poco, comer solo ultraprocesados, no ser activos…), es como un lento suicidio. Es incumplir este mandamiento hacia nosotros mismos. Y hacia los demás si este es el ejemplo que damos a otros, como a los hijos. Provocarse una enfermedad por no querer molestarse en cambiar los hábitos de vida es muy grave. En el caso de personas con adicciones y enfermedades mentales, la culpa es menor o se anula, pero el acto sigue siendo malo en sí y esto debe ser una motivación para la recuperación.

Dios-alma-cuerpo

El alma es superior al cuerpo, pero debe estar subordinada a Dios. De nada sirve que el alma mande sobre el cuerpo si no le manda según Dios, como ya decía San Agustín. Por eso, no debemos creernos muy santos ni por dominar muy bien el cuerpo (el falso autocontrol de los trastornos alimenticios), si eso no es lo que Dios quiere, y ni siquiera por estar muy unidos a Dios en el alma si luego esto no se refleja a la hora de tomar decisiones sobre el cuerpo. El alma debe imitar sobre el cuerpo el dominio que Dios ejerce sobre ella. ¿Cómo es el gobierno de Dios? Amor y misericordia. Ama tu cuerpo como obra de Dios y trátalo con ternura.

Los pecados de la carne

Si la carne no contase, no habría pecados de la carne y no serían tan graves como lo son. Si diera igual lo que hicieras con tu cuerpo, a Dios no le preocuparía. Pero la clave es que nunca es solo con tu cuerpo. Siempre interviene tu alma, y por eso el pecado con el cuerpo daña tu alma. No puedes permitirte concebirlos como esferas independientes. El pecado nace siempre del alma, que es la que tiene la facultad de la voluntad y por tanto de tomar las decisiones. El alma es la culpable, y el cuerpo paga las consecuencias.

Los pecados capitales

Concretemos el punto anterior con un ejemplo significativo: la gula y la lujuria son pecados capitales. De los 7 pecados más distinguidos, 2, es decir, un 30%, apuntan al cuerpo (esto entendiendo la pereza solo en un sentido espiritual; si la aplicamos al cuerpo también, llegamos casi al 45%). No es momento aquí de hablar de la lujuria, pero la gula entra de lleno en la temática de este blog. Por gula entiendo exceso, falta o desorden en la comida. Solo se suele tener en cuenta lo primero, y lo cierto es que aún no se tiene suficientemente en cuenta, como se aprecia al mirar el comportamiento de una gran cantidad de cristianos. Pero es que las otras dos facetas son completamente ignoradas.

Por defecto

La virtud de la templanza es definida como equilibrio y moderación, así que es claro que el vicio contrario (la gula) también puede darse por defecto. Esa sensación de superioridad moral y elevado ascetismo que muchas veces se da durante la anorexia —también en personas no cristianas—, por la que al intentar recuperarnos y comer más este demonio nos insulta como glotonas, es totalmente errónea. Estábamos en un desequilibrio inmoderado, y avanzamos hacia la templanza.

Desorden

Por último, como he dicho, yo añadiría un tercer aspecto, el desorden en la comida. Es decir, no solo comer mucho o poco, sino mal. Ninguna comida es mala en sí, pero una dieta sí puede serlo. Es mala cuando no es —y aquí está la relación con la definición de gula— equilibrada y moderada. No es equilibrada, por ejemplo, cuando restringimos grupos nutricionales enteros porque los demonizamos. No es moderada, por ejemplo, cuando convertimos los ultraprocesados, los azúcares añadidos, las comidas precocinadas, etc. en un básico de nuestra alimentación. Tampoco si solo comemos un par de opciones seguras porque nos dan miedo ciertos alimentos y tenemos unas ideas muy restrictivas respecto a lo sano (esto se llama ortorexia).

La bondad de la belleza

Creo que a estas alturas ha quedado claro por qué esforzarse por cuidar de la salud es bueno, y por tanto dar importancia a la alimentación y el ejercicio es algo totalmente cristiano. Pero, ¿hacerlo por una meta estética? Seguro que eso es de personas vanas y superficiales… Pues no tiene por qué. La belleza es buena. Dios es la Suma Belleza, y toda belleza en el mundo nos remite a Él, es por tanto camino de santidad.

Creo que lo vemos sin duda al pensar en la naturaleza y el arte. Un paisaje bello y una obra bella nos resultan dignos de admiración, y alabamos a su autor (directamente a Dios en el primer caso; al artista primero y después a Quien le ha dado esa capacidad en el segundo). Entonces, ¿por qué despreciar a quien quiere lograr lo mismo en su cuerpo?

Sí hay que aclarar que la belleza de la que hablamos no es la belleza estandarizada de los medios de comunicación y el mundo de la moda. Se nos presentan modelos de belleza retorcidos, quizá en consonancia con el abandono de la búsqueda de la verdadera belleza en el arte.

La belleza de los templos

Las iglesias se construyen con magnificencia y se adornan con imágenes, los altares se revisten, los sagrarios se labran… ¿Y tú, que eres Templo del Espíritu Santo y donde el Señor viene a morar cada vez que le recibes en la Eucaristía? Es cierto que lo más valioso es lo de dentro: como  el cáliz y la patena tienen los materiales más preciosos hacia el interior, tu alma es lo más importante. Pero los templos también se hacen bellos hacia el exterior, y eso acerca a los fieles a Dios. Sería absurdo establecer una separación radical, sería como dejar la obra a medio hacer. Así pues, si hay que elegir, elige el interior. Si no, elige los dos.

Sagrada Familia, Barcelona

El cuerpo, nuestro navío

Vivir en el cuerpo es nuestra manera de cumplir nuestra misión en el mundo y llegar a ser santos. “La vida es tu navío, no tu morada”, decía Santa Teresita, y lo mismo podemos decir de este cuerpo. Pero uno no descuida el barco solo porque lo utilice para llegar a casa, al contrario, se asegurará de que esté bien en todo momento. No sabemos cuánto durará la travesía; intentemos que a lo largo de ella, en toda circunstancia, podamos emplearla a toda potencia en aquello que se nos pida. No convirtamos el estado de nuestro cuerpo en un obstáculo.

En tu alimentación, en tu ejercicio, en el cuidado de tu cuerpo, puedes alejarte de Dios (haciendo cosas malas para ti, o convirtiéndolo en fin último), o puedes darle gloria ofreciéndoselo todo a Él y dándole gracias. Desde hoy, ocúpate de este cuerpo que el Señor ha querido crear para ti y confiar a tu cuidado. ¡De sano a santo hay una letra!

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