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Floreciendo: el camino de la recuperación junto a Santa Teresita

Floreciendo: el camino de la recuperación junto a Santa Teresita

Recuperarse de un trastorno alimenticio significa florecer. Hay una semilla de nosotros que Dios no deja que se nos arrebate, pero se encuentra sepultada bajo tierra, es decir, en medio de la oscuridad y el frío. Poco a poco, con dolor, salimos al sol y nos vamos transformando en quienes estábamos llamados a ser desde un principio. Algo mejor y más bello de lo que nunca habríamos imaginado.

Hoy voy a hablaros de un libro que considero fundamental para una recuperación de anorexia cristiana: la Historia de un alma de Santa Teresita del Niño Jesús.

Las flores

Cuando leí este libro, ya había oído hablar mucho de la recuperación como un florecimiento, y quizá por eso me impactó tanto leer en las primeras páginas su comparación de las personas como las flores del jardín de Dios. En concreto, me llegó mucho su descripción de cómo Dios quiere en su jardín grandes rosas y lirios, y pequeñas margaritas y violetas. “Comprendí que si todas las florecitas quisieran ser rosas, la naturaleza perdería su gala primaveral […] La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que Él quiere que seamos”.

Cada flor es bella en su particularidad, pero solo cuando está en su plenitud, no marchita. Algo similar ocurre con nuestros cuerpos. La anorexia nos mete en la cabeza un único ideal, la extrema delgadez. Pero ahí todos somos muy parecidos, hemos sido igualados hacia abajo (como flores marchitas). En cambio, con la recuperación, cuando nuestro cuerpo alcanza su punto óptimo, eso se ve distinto en cada caso. Y, sin embargo, todos son bellos.

La mortificación y la obediencia

Santa Teresita también me ayudó a encauzar el tema de las mortificaciones. Para mí, la anorexia era el camino privilegiado de mortificación, y dejarlo me hacía sentir graves remordimientos. Pero poco a poco me fueron calando varias ideas:

  • Que la mortificación exterior puede adoptar múltiples formas, que no implican dañar nuestro cuerpo.

Por ejemplo, dice esta santa, “no apoyar la espalda cuando estaba sentada”. Se trata simplemente de hacer cosas especiales que nos ayuden a acordarnos de Dios en ese momento, y de pasar ciertas incomodidades para ofrecerlas como penitencia, pensar en los sufrimientos de los demás, o aprender a dominar nuestros impulsos si lo necesitamos.

  • Que la mortificación más valiosa no era la corporal o exterior, sino la interior.

“Callarme una palabra de réplica”, “prestar pequeños favores sin hacerlos valer”, etc. Esas sí que son costosas, y me di cuenta de que las había descuidado al creerme tan elevada y segura en mis prácticas corporales. De hecho, en un momento dado a Santa Teresita le prohíben su única mortificación exterior de sentarse sin apoyar, pero obedece y ofrece unas mortificaciones interiores espectaculares.

  • Al hilo de esto, la importancia de la obediencia.

Es más preciosa a los ojos de Dios que ninguna mortificación, ya que eso sí implica verdaderamente una negación de sí mismo. “¡De cuántas inquietudes nos libramos, Madre mía, al hacer el voto de obediencia! […] Al ser su única brújula la voluntad de los superiores, tienen siempre la seguridad de estar en el buen camino. No tienen por qué temer equivocarse, aun cuando les parezca seguro que los superiores se equivocan. Pero cuando dejamos de mirar a esa brújula inefable, cuando nos separamos del camino que ella nos dice que sigamos, so pretexto de cumplir la voluntad de Dios, que no ilumina bien a los que sin embargo están en su lugar, inmediatamente el alma se extravía por áridos caminos en los que pronto le faltará el agua de la gracia”.

Como laicos, no tenemos superiores, pero debemos aplicar esta obediencia al director espiritual. Esta convicción es lo que me ha dado fuerzas para perseverar en el camino de la recuperación cuando cada fibra de mi ser me gritaba que era un error. “He de proseguir por obediencia lo que comenzó por obediencia”.

La esperanza en el sufrimiento

Podemos frustrarnos cuando toda nuestra lucha por cumplir la voluntad de Dios y recuperarnos parece no darnos ninguna consolación; al contrario, nos encontramos peor que cuando cedíamos a la enfermedad, y no somos capaces de ver ninguna luz al final del túnel. Proyectamos además hacia el futuro, y pensamos que si ahora nos encontramos mal, conforme ganemos peso las cosas se van a volver más horribles. Pero debemos confiar en que al otro lado está nuestra Tierra Prometida. Que todas esas cosas buenas que nos dicen están ahí, y vamos a llegar.

Santa Teresita nos prueba esto con varios ejemplos, demostrando que Jesús a veces hace milagros inmediatos con los anónimos, pero con sus íntimos no hace milagros hasta haber probado su fe: deja morir a Lázaro, le dice a la Virgen en Caná que no ha llegado su hora… pero al final Lázaro resucita y Jesús convierte el agua en vino. “Así actuó Jesús con su Teresita: después de haberla probado durante mucho tiempo, colmó todos los deseos de su corazón”. Lo mismo hará con nosotros si persistimos en el buen camino y confiamos hasta el final, aun cuando las pruebas parezcan más difíciles e insalvables.

Pero, ¿qué hacer durante este período de oscuridad?

Pues, en realidad, lo mismo de siempre: la voluntad de Dios. “Pero Él sabe muy bien que, aunque yo no goce de la alegría de la fe, al menos trato de realizar sus obras. Creo que he hecho más actos de fe de un año a esta parte que durante toda mi vida”. Estamos todavía tan controlados por el mal que no podemos dejarnos guiar por nuestros sentimientos. Hay algo superior a ellos: la verdad. Esta verdad al final nos proporcionará gozo, paz y felicidad. Pero, valga la redundancia: los de verdad. Que no tienen nada que ver con los altos o los alivios que podemos obtener al ceder a los impulsos de la enfermedad. Ya verás.

Ya he hablado de cómo para recuperarse no hace falta querer, sino que basta con querer querer. De igual manera, no hace falta creer, sino que basta con querer creer. Esto le pasaba a Santa Teresita cuando ni siquiera veía lo esencial de la fe: “Cuando canto la felicidad del Cielo y la eterna posesión de Dios, no siento la menor alegría, pues canto simplemente lo que quiero creer”.

Los rayitos de luz

Pero, aunque a veces parezca que todo es oscuridad, hemos de admitir que nunca es completamente así. Dios no nos deja todo el rato en tinieblas. Nos regaló un fogonazo cuando nos dimos cuenta de que teníamos que cambiar de vida e iniciar la recuperación y, de vez en cuando, fuerza a las tinieblas de nuestra cabeza a disiparse para que podamos ver su luz. “Es cierto que, a veces, un rayo pequeñito de sol viene a iluminar mis tinieblas, y entonces la prueba cesa un instante”.

Hemos de aprovechar esos momentos, no para querer aferrarnos a ellos y que no pasen, sino para absorberlos y tenerlos presentes cuando vuelvan las dificultades. Porque, ¡qué pronto los olvidamos! Lo hemos visto todo claro y creemos que ya tenemos controlada la situación, comprendemos la lógica de lo que nos dicen, estamos motivados… pero en cuanto pasan, resurgen las mismas dudas y problemas que antes. De hecho, puede que nos sintamos incluso peor, por la frustración de volver a caer. También le pasaba a la santa: “Pero luego, el recuerdo de ese rayo, en vez de causarme alegría, hace todavía más densas las tinieblas”. No desesperemos. Un día ese rayo pasajero se convertirá en todo un sol.

Elige tus batallas

Es importante puntualizar en qué sentido hablamos de la recuperación como una lucha: en el terreno de la acción y no en el del pensamiento. En la acción, en efecto hay que sobreponerse a las acometidas que tiran de nosotros hacia atrás, que nos amenazan con mil consecuencias nefastas, y hacer lo que tenemos que hacer: comer, quedarnos sentados en vez de hacer ejercicio, decir la verdad, etc. Pero en el pensamiento, hemos de evitar el combate directo, porque ahí el enemigo es más fuerte y astuto que nosotros. “Cada vez que se presenta el combate, cuando los enemigos vienen a provocarme, me porto valientemente: sabiendo que batirse en duelo es una cobardía, vuelvo la espalda a mis adversarios sin dignarme siquiera mirarlos a la cara, corro hacia mi Jesús”.

La mejor táctica es ignorarlos (lo cual es complicadísimo de por sí). Quizá nos sintamos culpables por no escuchar, creyendo que pueden ofrecernos información valiosa, ya que se camuflan como inocentes al principio; pero no debemos fiarnos, son la misma podredumbre de siempre. O quizás nos creamos ya con fuerza y determinación suficiente como para vencerlos, y queramos entonces ir a la guerra con bravuconería. Es otra trampa: es soberbia. “Cuando la derrota es segura, vale más no exponerse al combate”.

Lo que sí podemos hacer es recurrir a una táctica indirecta: asediarlos. Llenemos nuestra mente de pensamientos positivos y reales de reafirmación, y estos acabarán asfixiando a las mentiras.

Sinceridad y humildad

Una de las características más esenciales de un TCA es su gusto por lo secreto. Quizá es lo que más lo define: esa ansiedad porque nadie sepa lo que haces y piensas, porque eso frustraría todos tus (sus) planes. Lo que más rápido aprendí al empezar la recuperación fue a sincerarme. Si tenía un pensamiento, por muy vergonzoso que fuera, lo revelaba a una persona de confianza. Incluso cuando el TCA me intentaba hacer sospechar precisamente de esas personas, de que me querían llevar por un mal camino e iban a volverme gorda, lo decía también. Y eso equivale a asestarle golpes mortales.

Santa Teresita lo explica muy bien en la siguiente historia. Duda de su vocación y de si “engañaría a los superiores si me aventuraba por un camino al que no estaba llamada”. Y aquí entra el maligno en juego, aprovechándose de esa duda: “Me parecía (cosa absurda, que demuestra a las claras que esa tentación venía del demonio) que si comunicaba mis temores a la maestra de novicias, ésta no me dejaría pronunciar los santos votos”. Aun así, lo hace, y este es el efecto: “El acto de humildad que había hecho acababa de poner en fuga al demonio, que quizás pensaba que no me iba a atrever a confesar aquella tentación. En cuanto acabé de hablar, desaparecieron todas las dudas”. Cada vez que tengas una tentación, un pensamiento enfermizo, ¡cuéntaselo a alguien y el demonio huirá!

Tienes la gracia para esto

¡Tú puedes! A veces estarás en plan: no puedo, no puedo, no puedo… Pero Dios sabe que sí puedes. Nunca te manda más de lo que puedes soportar. Eso sí, contando con Él; solo con tus propias fuerzas te faltará el aporte primordial. “Nunca, Madre, he experimentado tan bien como ahora cuán compasivo y misericordioso es el Señor: Él no me ha enviado esta prueba hasta el momento en que tenía fuerzas para soportarla; antes, creo que me hubiese hundido en el desánimo”.

Repítete esto también cuando pienses de cara al futuro y digas, ¡con eso sí que no voy a poder! Estás proyectando tu yo actual hacia el futuro, con problemas que hoy te superarían. Pero tu yo del futuro estará cargado de nuevas gracias. No tengas miedo.

¡Santa Teresita, ruega por nosotros y por todas las personas que necesitan recuperación!

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