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Mortificación y anorexia: la diferencia no está solo en la intención

Mortificación y anorexia: la diferencia no está solo en la intención

Dios hizo más difícil mi recuperación.

Bueno, no exactamente. De hecho, fue Él y solo Él quien la hizo posible, quien me empujó a iniciarla, me sostuvo durante todos los momentos de dolor y la está llevando a término. Así que sería profundamente injusto decir eso. Pero lo siguiente sí es verdad: mi idea de Dios hizo más difícil mi recuperación. Una idea en la que la mortificación ocupaba un lugar prominente.

Antecedentes

Cuando yo estaba metida en la anorexia, creía honestamente que era un sacrificio que estaba haciendo por y para Dios, una mortificación que estaba ofreciendo.

Por eso, cuando empecé la recuperación, este fue uno de los puntos más conflictivos. Por un lado, todos me decían que la anorexia no estaba bien y no era lo que Dios quería para mí. Por otra, yo tenía un sentimiento muy fuerte de estar traicionando a Dios, de estar abandonando por ser débil y querer sucumbir a los placeres del mundo, en concreto de la comida. Eso me hacía sentir como una sucia glotona. Peor aún, como si estuviera apostatando. Como si fuera una asquerosa desagradecida que, después de todo lo que Dios había hecho por mí, no me bastaba para ser un poquito sacrificada, no: quería tenerlo todo, quería tener también la mundana comida.

Por ello, me encontraba completamente desolada y era incapaz de acudir a Dios en mi sufrimiento, porque, si todo en mí me decía que lo que estaba haciendo era malo, ¿cómo iba a pedirle ayuda para llevarlo adelante?

Septiembre 2016. IMC 13
Agosto 2020. IMC 18.6

Textos detonantes

Todo lo que hablara de sacrificio y mortificación me resultaba extremadamente detonante. Esto incluía no solo numerosos textos de santos, sino también la Biblia. De hecho, esta última ni siquiera tenía por qué hablar de esos temas, ya que había elaborado una “interpretación anoréxica” de muchísimos pasajes. De modo que muchas veces ir a Misa era más una tortura que un consuelo, y me entraban ganas de llorar e irme. Después de escuchar lo que yo veía como una acusación directa en las lecturas, ¿cómo ir a recibir a Cristo en la Eucaristía? Pero, por otra parte, sabía que era la única manera de sobrevivir a esto, así que seguí acudiendo diariamente.

Leer o escuchar la Biblia era un poco inevitable, pero otros textos no. Aun así, yo los leía, me detonaba a mí misma a propósito, porque me sentía muy culpable si no, como ignorando la realidad para retorcerla a mi gusto (curiosamente, esto es en verdad lo que hacía con la anorexia, pero yo veía todo al revés). Y a ello se sumaban cientos de cosas más: homilías, predicaciones, artículos y entradas de páginas cristianas —más o menos confiables—, comentarios de gente cristiana en mi entorno, etc.

Pese a que todo el mundo parece ver claro que la anorexia es algo malo, yo creo que mi duda estaba más que justificada: ¿qué diferencia había entre el sacrificio y la mortificación, que eran recomendados y alabados como virtuosos, destacados al hablar de las vidas de los santos como algo importante, y lo que yo hacía con la anorexia, que a todo el mundo le horrorizaba? ¿En qué se diferencia un ayuno santo de un trastorno alimenticio?

¿La diferencia está en la intención?

Y llegamos aquí al meollo de la cuestión. Porque empecé a buscar respuestas en foros y páginas cristianas, y descubrí que no era yo la primera en plantearme esas preguntas. Solo que normalmente quien se lo preguntaba estaba en el lado contrario. En lugar de decir: si el ayuno es bueno, entonces un trastorno alimenticio, ¿por qué no?, lo formulaban al revés: si un trastorno alimenticio es malo, entonces el ayuno ¿por qué no lo es?

Y la respuesta más habitual era esta: por la intención. Según muchos, el ayuno cristiano se hacía por Dios y con la intención de hacer reparación por los pecados y dominar el cuerpo para no ceder a las pasiones, mientras que el ayuno de un trastorno alimenticio se hacía por la propia vanidad y con la intención superficial de estar delgada y ser como las modelos.

Esta es una respuesta muy dañina y peligrosa. Porque da a entender que lo único que importa es la intención, que es subjetiva, cuando estamos juzgando una realidad objetiva. Esta es una manera de pensar relativista, no cristiana. La intención puede convertir algo neutro en algo bueno (por ejemplo, si ofrecemos nuestro trabajo o estudio, lo que era algo meramente humano queda divinizado); pero no algo malo en algo bueno. Después de todo, cuando alguien asesina en nombre de Dios, no consideramos que su intención cambie la maldad intrínseca del acto; al contrario, probablemente lo veamos como un agravante, una blasfemia. Sin embargo, esta es la respuesta que se está dando a alguien que se está asesinando lentamente a sí mismo: que lo importante es la intención, así que si no lo hace por un deseo superficial de delgadez sino por Dios, hay luz verde.

La salud, ¿qué salud?

Algunas respuestas añadían otro matiz: una mortificación es buena si no llega hasta el punto de dañar tu salud. Aunque es un punto importante a tener en cuenta, tampoco me satisface. Puede ser un indicador extremo: si tienes síntomas de desnutrición (como de hecho era mi caso), debes parar inmediatamente. Pero el problema es que este concepto de salud se centra en la salud física y pasa por alto la mental.

Si no tienes una relación sana con la comida, aunque tu cuerpo no dé señales de estar enfermo (al menos externas, un análisis más exhaustivo puede revelar más), no puedes definir lo que estás haciendo como algo saludable. Y esto es un problema en nuestra sociedad porque los límites están borrosos: comportamientos enfermizos con la comida se perciben como sanos y buenos, se confunde la obsesión con la fuerza de voluntad… Lo que faltaba es que ahora también podamos tener una justificación religiosa para nada más y nada menos que el demonio en nuestra cabeza.

Este tipo de afirmaciones contribuyen a reforzar el estereotipo de que una persona que sufre un trastorno alimenticio tiene que estar muy delgada. Ciertamente, si el trastorno es restrictivo como la anorexia, es probable que esto llegue a ser así en un momento. Pero el problema no empieza cuando se traspasa una barrera de índice de masa corporal. Y no se puede alentar a jugar con hábitos restrictivos siempre que el peso se mantenga dentro de unos límites.

La pescadilla que se muerde la cola

Así pues, no se puede juzgar el acto ni por la intención ni por los efectos visibles sobre el cuerpo (después de todo, nadie diría que pegar a otro está bien mientras no le dejes marca). Cada vez es más difícil establecer los límites… Ante esto, hay quien se sale por la tangente y dice: quienes tengan un trastorno alimenticio, que no ayunen. Buen consejo, pero el paso previo es distinguir entre una cosa y la otra. Si tú estás convencido de que haces lo segundo, con buena intención y todo, pero resulta que es lo primero, no te servirá. Y nunca hay que subestimar la capacidad de la mente para autoengañarse.

Mortificaciones alternativas

Además, se suelen proponer a las personas en recuperación que preguntan estas cosas (si pueden ayunar y tal) que hagan otras mortificaciones alternativas. Esto indica una total incomprensión de la psicología del problema, donde un componente fundamental es el control —la glorificación del autocontrol—. Porque lo único que consigues es que la persona focalice su obsesión en otra cosa. Durante mucho tiempo en la recuperación yo no podía emprender ningún tipo de mortificación exterior, porque enseguidase me iba de las manos. No era capaz de elegir una sin que sintiese que entonces tenía que hacer todas las que se me ocurrieran, y más intensas, y durante más tiempo.

Asimismo, alimentaba mi pensamiento de que, ya que había abandonado mi gran llamada al sacrificio en la anorexia, lo mínimo que podía hacer era machacarme en todo lo demás y no tener ningún otro disfrute. La voz en mi cabeza me decía: “toma tu comida si tanto la quieres, pero no se te ocurra pedir ya nada más, maldita egoísta”.

Entre las peores recomendaciones de mortificaciones alternativas que he leído había incluso algunas relacionadas con la comida. A mí me llegaron a decir que comiera lo suficiente, pero de cosas que no me gustaran o que fueran insípidas. Cuando uno de los componentes más esenciales y bellos de la recuperación es redescubrir la comida, los sabores, apreciar que es buena y que es un don de Dios para nutrirte. Aprender a dar gloria a Dios cocinando, comiendo y dando gracias por ello. Respetando, cuidando y honrando el templo de tu cuerpo que Él ha querido crear, darte (pero como arrendatario, no como dueño) y venir a habitar cuando le recibes en la Eucaristía.

Mortificación exterior e interior

Otro consejo, ya con más fundamento, es hacer mortificaciones interiores en vez de exteriores. Esas son más perfectas y por lo general más duras —en contra de lo que podría parecer—. Pero decir esto no es suficiente para frenar a quien tiene una fijación problemática. Porque siempre será un “además de”. Es decir, ¿por qué sustituir cuando puedes sumar? Las personas con estos trastornos solemos tener una mentalidad de cuanto más, mejor.

La obediencia

Pese a todo lo que critiqué antes, he de decir que en los sitios católicos sí hay un consejo que se repite y que ha resultado ser el más valioso de todos para mí: consultar siempre estas cosas con un director espiritual, y atenerse a su criterio por obediencia. Si yo no había hecho esto antes es porque sabía que si se lo contaba a alguien me iba a decir que dejara de hacerlo, y eso no podía ser porque en mi mente yo había recibido una llamada secreta especial de Dios y debía cumplirla. Nadie más la entendería y no podía dejar que me parasen simplemente por estar menos iluminados que yo.

Esto tiene un nombre, y es una enorme soberbia, por muy humilde que yo me sintiera diciendo que como era un don de Dios no podía engreírme de ello. La verdadera humildad se ejercita en la obediencia, y esto lo aprendí muy bien en las obras de Santa Faustina y Santa Teresita. Ha sido en muchos momentos lo único que me ha mantenido avanzando en un camino que, por todo lo demás, veía como incorrecto y sin ningún sentido.  

La minoría ignorada

Entiendo que el problema hoy en día a nivel general es el contrario. La gente ha abandonado toda penitencia y considera que es cosa del pasado. Ante esto, es normal que quienes luchan por una vuelta a la verdad y a la ortodoxia dentro de la Iglesia insistan en su importancia. Racionalmente, sé que no se debe dejar de hablar de ello solo para no herir sensibilidades, aunque es lo que yo muchas veces hubiera deseado.

Tengo que decir también que no he conocido a nadie con un caso como el mío, que concibiera de este modo su trastorno alimenticio. Pero sí he conocido a muchas personas cristianas que al recuperarse lo han pasado mal por estas cosas, por estos mensajes. Sé lo difícil que es para mucha gente la Cuaresma, pasar vergüenza por no ayunar, escuchar invitaciones a mortificar el cuerpo, etc. Todo es detonante.

Incluso para la gente no creyente la anorexia puede tomar características morales: sentirse elevada, ascética, separada y por encima del mundo, con disciplina y autocontrol, etc. Y cuando quieren recuperarse, lo que escuchan en su mente es que son glotonas, impuras, sucias, perezosas, vagas, descontroladas, etc. Evidentemente, estos sentimientos son mucho más intensos en las personas creyentes por la profundidad de significado que adquieren todas estas palabras. Esta parte de la enfermedad es muy incomprendida en las comunidades cristianas.

Diciembre 2016. IMC 13.1

La recuperación como sacrificio

Un cambio de mentalidad clave que tienen que hacer las personas cristianas en recuperación es entender que ese proceso es en realidad un sacrificio mucho mayor que cualquier abstinencia. Estamos tan acostumbrados a equiparar sacrificio con restricción en el plano físico que nos cuesta comprender que pueda ser al contrario. Pero todo depende del punto en que estés en tu vida, lo que Dios te pide en cada momento.

Cuando estás en recuperación, comer menos es lo fácil, comer más es el sacrificio. Castigarte es lo fácil, cuidarte es el sacrificio. Llevarte al límite de tus fuerzas físicas es lo fácil, descansar es el sacrificio. A mí me inspiró mucho ver cómo la gente cristiana que seguía se proponía redoblar los esfuerzos de la recuperación en Cuaresma: un ayuno de comer más, de enfrentar comidas que nos suelen dar miedo, de incorporar más dulces y postres, etc. Además de otros ayunos como ayunar de malos pensamientos, de páginas pro-ana, de artículos sobre dietas, etc.

Aunque yo seguía teniendo un montón de miedos. Para empezar, me costaba aceptar que esos fueran sacrificios “válidos”. Aceptar que pudiera dar gloria a Dios así. Pero confiaba, lo hacía, lo ofrecía, obedecía. Eso sí, siempre con la ansiedad de estarme equivocando y, de cara al futuro, preguntándome: ¿y cuando esté ya sana? ¿Cuando esto ya no me cueste? ¿Tendré entonces que cambiar por completo y dejar de disfrutar para siempre de la comida?

Y ahora…

Ahora, ya bastante avanzada en este camino de recuperación, no me asaltan esas inquietudes ni creo que eso sea así. Esas preguntas que me hacía han perdido valor para mí. Pero no se debe a que haya llegado a conclusiones teóricas reveladoras. Creo que es algo que simplemente ves cuando estás sano. Se suele hablar en la recuperación de por una parte sanar el cuerpo y por otra la mente, pero en cierto modo son cosas relacionadas. La mente va más lenta, pero hasta un punto es arrastrada por el cuerpo. Tus procesos mentales no funcionan igual cuando tu cerebro no recibe la alimentación necesaria. Pero “ya lo verás cuando llegues” no es una frase muy efectiva para tranquilizar a quien se encuentra angustiado por las dudas en un momento determinado. Y deben ser, si no respondidas, por lo menos calmadas de la mejor manera en ese momento.

De hecho, siendo sincera, todavía no entiendo algunas cosas. Ahora soy capaz de ofrecer mortificaciones —no ayunos de comida como tales aún, obviamente— sin que me resulte detonante, y de forma natural, sin hacer un mundo de ello. Y de entender por qué otros hacen otras, incluso de comida. Pero algunas prácticas todavía soy incapaz de ver por qué son buenas hechas por Cristo, y no consideradas como autolesiones de un trastorno.

Agosto 2020. IMC 18.6

La verdadera mortificación

Aunque sí que he aprendido un par de cosas sobre la verdadera mortificación. Para empezar, que debe ser algo que te acerque a Dios y te abra a los demás, no que te encierre a ti mismo y te aísle. Que aumente tu capacidad de amar y servir. Desde luego, en más de un sentido, con la anorexia sucedía exactamente lo contrario. Me sentía más cerca de Dios, sí, pero a costa de hacer daño a mis seres queridos, de desobedecer a su Iglesia y de vivir en la mentira. Y me incapacitaba para vivir para nada más que para eso.

Otra clave: busca la paz. Que no es la comodidad, por supuesto. A veces hay que cambiar cosas y es doloroso. A veces hay que morir un poco a uno mismo y la lucha interior es agotadora. Pero lo que hagamos en el fondo nos debe dejar paz, nos debe liberar y no esclavizar más.

Y otra más: que las cosas vayan fluidas y naturales. Cuántas veces pensamos demasiado las cosas y nos enredamos en argumentos complicados… La mayoría de las veces, eso son trampas del demonio para alejarnos de la realidad, que es nuestro lugar de encuentro con Dios.

Conclusión

Las respuestas positivas han sido más cortas que las críticas. Soy consciente de ello. Quizás sea porque en estos temas todavía hay más confusión que certezas, más sombras que luces. Pero Dios es la Verdad y es la Luz. Así que, aunque este asunto te preocupe o te resulte detonante, no te alejes de Él. La recuperación merece la pena, pero solo a Su lado, porque, “¿de que le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?” (Mt 16, 26). Muchas cosas que no se comprenden al principio se ven al final, y ese es el gran bien y recompensa que Él tiene preparado para ti. Confía. Monta en Su Corazón y déjate llevar. 

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