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Cuando los trastornos alimenticios se convierten en lo normal

Cuando los trastornos alimenticios se convierten en lo normal

La normalización de los trastornos alimenticios avanza a pasos agigantados. Siguen existiendo páginas directamente pro ana y pro mia (anorexia y bulimia), en las que de manera descarada se afirma que lo importante es estar delgada, no estar sana. Estas son minoritarias. En cambio, páginas y perfiles de redes sociales con miles y millones de seguidores hacen algo peor: promueven exactamente las mismas cosas, pero con el agravante de esconderlas tras una fachada de salud. 

¿Salud es perder peso?

Para empezar, casi todas las páginas de salud dan por hecho que el objetivo es siempre perder peso. Es cierto que el sobrepeso es un problema mucho más común que el infrapeso, y me parece bueno que haya más recursos orientados a las personas que lo padecen. Lo malo es que muchas veces no se especifica esta orientación, sino que los consejos se dan como de forma general, para toda la población. De este modo, se transmite la idea de que menos peso = más salud, menos calorías = más salud, más ejercicio = más salud.

Me ponen furiosa esas imágenes que abundan en instagram en las que dos comidas perfectamente sanas son etiquetadas una con un tick verde y otra con una gran equis roja, solo porque una tiene más calorías que la otra. Algo como esto:

Alimentos buenos y malos

Esto está muy relacionado con la clasificación de alimentos como buenos y malos. En el peor de los casos, esta clasificación se basará en su cantidad de calorías. Por ejemplo: pasta = mala, calabacín = bueno; ¡come espaguetis de calabacín! Saben fenomenal, pero simplemente no son lo mismo. Y ambos son buenos y tienen cabida en una dieta sana.

Pero hay otras formas más sutiles. Por ejemplo, comida real vs procesada. Está claro que hay que luchar contra el consumo masivo de ultraprocesados, prestar atención a los ingredientes de los productos que compramos, etc. Soy una gran partidaria de todo eso. Sin embargo, hay dos debates sin resolver.

#1

El primero es: ¿dónde está el límite entre real y procesado? Porque hay verdaderos talibanes de la comida —y no son 2 o 3— para quienes “buenos procesados” es un oxímoron: por ejemplo, nada hecho con harina tendría cabida, ni nada que tuviese un mínimo de azúcar, ni nada que llevase hasta el más inocuo de los aditivos. De este modo, crean una imagen distorsionada, anticientífica y antihistórica. El colmo son los que relacionan procesados con alimentos genéticamente modificados (que salvan vidas y cuyas modificaciones no son más agresivas que las que los ganaderos llevan realizando miles de años).

#2

El segundo es: ¿hasta qué punto es necesario tachar estos alimentos con una equis roja? Es tanto como poner una letra escarlata a la persona que los come. Y entonces se convierte, como en el tema de las calorías, en una cuestión moral. Y un trastorno alimenticio es, antes que un asunto de apariencia, un asunto de moralidad. Quien lo sufre se siente “bueno” cuando obedece sus reglas y “malo” cuando las quebranta —por eso tiene que recurrir a castigos si lo hace—. Cuando este modo de hablar se generaliza en la sociedad, sus creencias se refuerzan.

Bastaría con sustituir los adjetivos moralizantes por los nutricionales. Un alimento dado no es rojo de prohibido, sino más calórico, de menor calidad nutricional, alto en azúcares o grasas, etc. Por tanto, quizá sean “naranjas”, es decir, tengan menos sitio en una dieta sana que otros. Aunque creo que de forma generalizada esto solo se puede aplicar en cosas como ciertos aditivos y las grasas trans; para todo lo demás, depende completamente de cada persona y sus circunstancias.

En definitiva, el lenguaje cotidiano está ahora plagado de expresiones como estas: comidas prohibidas, comidas malas, comidas que dan miedo, comidas que engordan, comidas “trampa”. A este paso, el diablo de la anorexia/ortorexia se va a quedar sin trabajo, ya poco le queda por insinuar a la víctima.

Dieta única

Esto me lleva al siguiente punto. No existe “la” dieta sana. Vivimos en un momento en que, junto a las tradicionales dietas milagros, que pese a su mala reputación en teoría subsisten ampliamente en la práctica, se han consolidado dietas-estilos de vida: paleo, keto(génica), LCHF (baja en carbohidratos, alta en grasas), LFHC (baja en grasas, alta en carbohidratos), vegetariana/vegana (no hablo de quienes lo hacen por sus creencias), gluten-free, ayuno intermitente, etc. No tengo ningún problema con que existan. Es más, me parece genial que se muestre que hay opciones para elegir más allá de la rígida pirámide alimenticia con que nos hemos criado, que no es más que otra pretensión de “talla única”.

Lo malo es que, en lugar de aportar pluralidad, pretenden luchar por la supremacía. Se convierten en pseudo-religiones, ignorando el hecho de que en el campo de la nutrición hay pocas verdades absolutas. Una dieta sana va a significar algo muy distinto para cada persona porque cada cuerpo es diferente (edad, altura, genética, microbiota, posibles enfermedades o intolerancias, metabolismo, todo esto interrelacionado y un largo etcétera), y cada estilo de vida también (¡los gustos personales son importantes!).

Cómo nos afectan

Para la gente interesada en los campos de la salud, el fitness o la nutrición, se convierten en fuente de obsesión. Para la sociedad en general, se convierten en fuente de confusión. Según la que esté más de moda en cada instante, la idea básica de cada una se filtra por los medios de comunicación y de repente todo el mundo la está repitiendo sin saber muy bien qué significa: los carbohidratos son malos, la grasa es mala, el gluten es malo, los productos animales son malos, comer entre horas es malo.

La gente con trastornos alimenticios o con propensión a ellos por una parte restringe aún más su dieta, y por otro lado utiliza estas etiquetas como escudo donde refugiarse de cara a los demás y justificar por qué come lo que come… o no come. Así, la sospecha de que alguien padece anorexia u ortorexia se convierte en un “oh no, solo es keto” = más saludable que nosotros.

La obsesión por los números

Otra actitud que se va normalizando cada vez más es la de contar calorías y macronutrientes. Algo que como herramienta para aprender, y como instrumento para conseguir determinados objetivos físicos, me parece fantástico. Tener una idea de nuestra ingesta diara habitual y asegurarnos de que mantenemos un equilibrio adecuado —para nosotros— entre carbohidratos, proteínas y grasas nos puede ayudar.

Pero contar y analizar cada gramo de forma obsesiva y, sobre todo, tener que comer cada día una cantidad fija… es un trastorno. En un momento determinado, pasamos de estar en control a estar controlados. Creo que esto no se ha normalizado todavía del todo en la sociedad. Pero en el mundo del fitness, es la regla más que la excepción.

¿Y qué números?

El problema es aún más serio si los números se sacan de cualquier página web. Yo he probado varias calculadoras, y los resultados han sido completamente dispares. Normalmente, el número de calorías es demasiado bajo (bastante inferior al que como ahora, con el que gano de manera muy lenta). Sobre todo para las mujeres, con diferencias abismales injustificadas respecto a los hombres.

Además, una persona con un trastorno alimenticio interpretará ese valor como un máximo. Y alguien en recuperación, a quien ya le cuesta horrores comer lo que le dicen los médicos que tiene que comer, le costará aún más comer más que lo que otro sistema le dice que tiene que comer. En cuanto a la proporción de cada macronutriente dentro de esas calorías, varía enormemente según el sesgo de la página.

Habría que hacer más hincapié en enseñar a conocer y escuchar (en mi opinión, por ese orden) el propio cuerpo. Que se advirtiera que la recomendación general es solamente un punto de partida para quien quiere empezar a prestar más atención a su alimentación, y que se debe ir adaptando. Promover la educación nutricional para que las personas puedan tomar decisiones razonadas, así como el trabajo individualizado con los profesionales (coaches y entrenadores con formación apropiada, nutricionistas y dietistas).

La percepción de los cuerpos

También se altera la percepción de la delgadez y el bajo peso. Ahora algunas modelos claramente con infrapeso ya no dicen como Kate Moss, “nada sabe tan bien como estar delgada”, sino que pretenden convertirse en adalides de la salud mostrando sus —supuestas— comidas y rutinas de ejercicio en internet, en plan de, “mira cómo en realidad somos muy sanas”. De modo que su cuerpo es el que pasa a asociarse con una persona sana. 

Y no pasa solo con celebridades: las fitspiration no siempre son mejores que las thinspiration; quizás pesen más que estas por su musculatura, pero no lo necesario para sostener su demandante estilo de vida, y muchas veces tienen problemas de salud como amenorrea por su bajo porcentaje de grasa. No es oro todo lo que reluce.

Las consecuencias de todo esto

Ciertamente, la mayoría de la población no va a imitar a rajatabla todas estas formas de dietas que he descrito. O quizá lo haga durante un tiempo para perder peso, luego se canse y lo deje. El quid de la cuestión es que en la mentalidad colectiva habrá calado la idea de que eso es lo que hace “la gente saludable” o “la gente del fitness”. De modo que cuando alguien presente esos comportamientos, en lugar de hacer saltar todas las alarmas, en su entorno se percibirá como algo incluso positivo.

De ahí que las personas con anorexia tengamos que escuchar comentarios del estilo “¡me gustaría tener tu fuerza de voluntad!” cuando rechazamos la tarta en un cumpleaños, que cuando estamos inmersas en la enfermedad nos llenan de orgullo para seguir, y cuando estamos en recuperación nos resultan inmensamente detonantes (¿o sea que cuando coma es que he perdido mi fuerza de voluntad?).

¿Qué hacemos entonces ahora que, cada vez más, las personas con trastornos alimenticios restrictivos ya no tienen que hacer las cosas que les dicta su enfermedad a escondidas como antaño, sino que pueden hacerlas a plena luz del día y recibir alabanzas? Su problema no se hace evidente más que cuando la pérdida de peso es muy grave. Cuando probablemente llevan ya mucho tiempo hundidas y los daños físicos y psicológicos se han hecho profundos.

No dejemos que las redes sociales y los medios de comunicación nos convenzan de que lo enfermizo es lo normal, y mucho menos lo bueno o deseable. Escucha con conciencia crítica todos los mensajes de la “cultura de la dieta”. ¡Aprendamos a cuidar de verdad la salud física, preservando la salud mental en el camino!

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