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Mi transición de la anorexia a la alimentación intuitiva

Mi transición de la anorexia a la alimentación intuitiva

Cuando era pequeña, aunque por entonces aún no conocía ese término, yo comía intuitivamente. Tomaba las cantidades que mi cuerpo necesitaba para crecer, tener energía y sentirse bien, y no porque las conociera por un cálculo matemático, sino porque no cuestionaba las señales que recibía. Tomaba también los alimentos que me gustaban y —aunque en retrospectiva probablemente había demasiados procesados porque soy de esa generación en la que los padres pensaban que cola cao con cereales azucarados era un desayuno cojonudo— comía de todo y equilibradamente, me gustaban las verduras y nunca fui una niña adicta a los dulces aunque los disfrutara.

Todo eso cambio drásticamente cuando tenía 9 años y empecé con la anorexia, el trastorno alimenticio que marcaría mi vida desde entonces. El miedo a engordar y acabar como las personas obesas me llevó a restringir severamente mi alimentación tanto en cantidad como en variedad. En mi adolescencia, mi comprensión equivocada de la religión me hizo ver el control obsesivo de la comida como algo virtuoso, de modo que todo lo que fuera comer siguiendo instintos me parecía mundano y despreciable.

Aunque empecé mi recuperación de la anorexia a los 20 años (a finales de 2016), no di un salto directo a la alimentación intuitiva. ¡Ni mucho menos! Tampoco creo que eso hubiera sido lo correcto en aquel momento. Cuando una empieza a salir de un trastorno alimenticio, sobre todo si lleva mucho tiempo metida en él, es mejor primero comer estructuradamente por varias razones:

  1. Te has acostumbrado tanto a ignorar tus señales de hambre y saciedad que ya no son fiables. Tu cuerpo ha aprendido que no las vas a escuchar y poco a poco ha dejado de mandarlas. Además, le has habituado a funcionar con mucho menos de lo que necesita. Según vayas dándole más cantidad y manteniéndole todo el día alimentado, los mecanismos volverán a funcionar y tu cuerpo confiará en ti de nuevo.
  2. En muchos casos la ganancia de peso es urgente y desafortunadamente no tienes tiempo para seguir un proceso “gentil” y lento. Necesitas estar viva para comer intuitivamente.
  3. Cuando el trastorno alimenticio gobierna tu mente, es casi imposible distinguir las mentiras que te cuenta para hacerte restringir de las verdaderas señales de tu cuerpo. Una vez te renutres y tu cerebro sana un poco más, es más fácil saber quién te está hablando.

No obstante, lo que tengo que reconocer es que no hay por qué tardar 4 años en transicionar desde la anorexia hasta la alimentación intuitiva. Muchos miedos me paralizaron y ralentizaron. Por eso aquí te cuento todo por lo que pasé, para que tú puedas avanzar por estos pasos con mayor determinación y confianza, y llegar a la manera de comer con la que tu cuerpo se sentirá mejor.

Permitirme más variedad de comidas

La anorexia me permitía comer solamente un puñado de comidas “seguras”, que tenía nutricionalmente controladas y sabía que me permitían mantenerme en el peso que quería. Además, las consumía de la forma más aburrida posible, tanto para evitar calorías extras “escondidas” como porque así lo veía como un sacrificio mayor. Expandir la variedad de alimentos trajo tres beneficios significativos:

  1. Volver a enamorarme de la comida. Afrontar el proceso de recuperación con curiosidad por los nuevos sabores. Darme cuenta de todo lo que me había estado perdiendo.
  2. Desligarme del estricto control calórico. Al mezclar varios alimentos, además novedosos, en una misma comida, ya no podía calcular al vuelo el contenido energético.

Enfrentar comidas miedo

Aunque con la anorexia no comía la mayoría de alimentos que existen, había algunos que me daban especial miedo, porque los tenía como inherentemente engordantes. Como “lo que come la gente gorda y por lo que esa gente está gorda”. 

Empecé a permitirme comer no solo una variedad de verduras, cereales, carnes y pescados, sino también a poder tomar en alguna comida del día cosas como chocolate, helado, pizza, bizcocho… y a comprobar que eso no tenía ningún efecto inmediato sobre mi peso.

Este punto es importante; una no puede esperar ni recuperarse de un trastorno alimenticio ni comer intuitivamente huyendo de ciertos alimentos por ser azucarados o grasos o procesados. Entonces, esas comidas seguirán teniendo control sobre ti, y nunca te sentirás del todo libre. Y, aunque comas las calorías requeridas, tu cuerpo seguirá mandando a tu cerebro la sensación de privación. Cuando te permites comer esos alimentos siempre que quieras, pierden poder, se convierten en una comida normal más, y no los tienes ni en el infierno ni en un pedestal. Por lo tanto, desaparece también el temor a no poder dejar de comerlos y adiccionarse.

Aprender sobre nutrición

Este es un punto polémico y muchos tratamientos médicos para la recuperación lo desaconsejan. Sin embargo, a mí me ayudó un montón porque mis creencias sobre la comida no solo eran obsesivas y exageradas, sino en muchos casos directamente falsas. Pude desmontar mitos sobre alimentos que supuestamente (según el trastorno y según también buena parte de la sociedad) engordan o que son insanos. Aprendí la multitud de efectos buenos que cada grupo alimenticio tiene en nuestro cuerpo y la importancia de sus funciones. Los carbohidratos, las proteínas, las grasas, las vitaminas, los minerales, ¡y hasta las propias calorías en sí!

Me sentí empoderada para tomar mis propias decisiones con conocimiento, ya no tenía que depender de la voz de mi trastorno para guiar mis pautas de alimentación. Ahora yo poseía las herramientas necesarias para darle a mi cuerpo lo que necesitaba. Y, al comer, podía pensar en los efectos buenos que esa comida estaba teniendo en mi interior.

El problema de quedarse en este paso es que es tu cabeza la que guía todas las decisiones, y puede ignorar el input de tu cuerpo, que al final es fundamental, porque no somos máquinas y no todos por tener una edad, sexo y demás características físicas similares necesitamos la misma cantidad, tipo de alimentos, distribución de las comidas a lo largo del día, etc. Ni lo mismo todos los días.

No compensar al salir fuera

Con el tiempo, conseguí establecer un plan de comidas en casa que me permitía ir subiendo de peso y sentirme por lo general satisfecha. Era muy variado y no excluía grupos alimenticios. Y ya no me provocaba ansiedad seguirlo, pues veía que me iba bien con él, que mi peso no se disparaba de un día para otro y que aportaba cosas buenas a mi vida como más concentración para los estudios.

No obstante, mi sistema se venía abajo cuando salía a comer fuera o tomar algo. Al no tener interiorizadas las cantidades que necesitaba, ni confiar aún en las señales de hambre y saciedad de mi cuerpo, mis referencias eran externas: lo que otros comieran. No me permitía comer más que la persona que más comiera pero, además, normalmente con quien me comparaba es con la persona que menos comiera. A veces sí notaba que me quedaba con hambre, pero no me atrevía a actuar en consecuencia; pensaba que no debería necesitar más que otras personas. Y, como además mi cabeza empezaba a pensar en “calorías ocultas” como que hubieran utilizado mucho aceite en el cocinado, magnificaba el alcance de lo que había comido. Por lo tanto, ya en casa, compensaba en las siguientes comidas.

Considero que simplemente el poder salir fuera con gente y comer algo distinto a una ensalada de la huerta fue un gran avance. Y merecía la pena el compensar por atreverme a comer cosas nuevas y estar más presente en los eventos sociales. Pero al TCA no se le debe dejar ni un resquicio de control sobre una.

Poco a poco fui siendo capaz de ir reduciendo y finalmente eliminando la restricción del durante y la compensación del después. Pedir lo que realmente quiero en el restaurante, aunque otra persona pida algo más ligero; comer la cantidad que necesite para saciarme, aunque otra persona deje la mitad del plato; y en casa, solo reducir la cantidad de la comida siguiente si realmente me siento muy llena. Y, muy importante, ¡no juzgar mi hambre!

Permitirme cambios dentro de cada día, compensando

Me di cuenta de que había un fallo grande en mi plan de comidas. En algunas comidas —sobre todo las intermedias— me quedaba con hambre, mientras que en otras —sobre todo las principales— acababa a veces incómodamente llena. Por ello, le quité rigidez al plan, considerando la suma de todas las comidas planificadas para ese día como un total que podía ir consumiendo según me apeteciera.

Esto, que puede parecer “hacerme trampas” ya que en ningún caso contemplaba comer más de lo establecido a lo largo del día, fue un paso clave en mi camino hacia la libertad con la comida. Me permitió reconectar con mis señales de hambre y saciedad y empezar a honrarlas: poder comer más cuando seguía teniendo hambre, y menos cuando me encontraba llena. Y de una manera que no me generaba tanta ansiedad, ya que era “sin riesgos” para el cuerpo. También logré tener unos niveles de energía más estables durante el día. Y, en cualquier caso, significaba romper una antigua norma autoimpuesta, que siempre es algo que ayuda a salir de los patrones obsesivos de los trastornos alimenticios.

Aquí me quedé estancada bastante tiempo, durante más o menos la primera mitad de 2019; mi peso rondaba el mínimo IMC clasificado como saludable y estaba cómoda con el funcionamiento del plan. Pero era una libertad ilusoria.

Permitirme cambios entre días, compensando

Siguiendo el sistema descrito anteriormente, me di cuenta de un aspecto clave: mis niveles de hambre no solo fluctuaban a lo largo del día, ¡sino también entre un día y otro! Esto puede parecer obvio para alguien que no haya tenido desórdenes en su alimentación, pero para mí era novedoso. Y para cualquier persona sumergida en el mundo de las dietas, donde estas se prescriben como “come x calorías al día”.

Por ello, amplié la flexibilidad que había empezado a practicar en el paso anterior permitiéndome comer algo más o algo menos un día; eso sí, apuntando la diferencia para el día siguiente. No es que justo el día siguiente tuviera que ser el que lo compensara obligatoriamente, pero iba llevando las cuentas para que a medio plazo “cuadraran”.

Aquí también estuve mucho tiempo estancada, más de un año. Mi peso se había estabilizado en el mínimo IMC “sano”, me había vuelto la menstruación, y por consiguiente determiné que lo que comía era lo que tenía que comer, no más. He de admitir que pensaba que ya me quedaría así para siempre, aunque ahora veo que habría sido conformarme con una cuasi-recuperación.

Comer intuitivamente... en función de mi peso

Esto fue un período de transición, un truquito que me hice para poder tocar con la punta de los pies el agua de la piscina sin tirarme a ella. Me daba cuenta de que anhelaba una libertad mayor de la que tenía, mi lado rebelde no estaba conforme con el status quo, pero al mismo tiempo todavía me faltaba confianza en mi cuerpo y no quería que mi peso se disparase. Así que hice un trato (al final, un trato con el trastorno, que siempre está ahí latente, acechando). Me iba a permitir comer intuitivamente, sin pensar en compensarlo después ni en el propio día ni otro día, pero con una condición: si veía que mi peso empezaba a subir y no me sentía cómoda con el número o el ritmo de ganancia, se volvía al paso anterior hasta estabilizarlo.

Lo paradójico del asunto es que yo sabía que no había nada malo en subir de peso. Que lo del “mínimo IMC saludable” es una falacia, que el verdadero rango de peso sano es algo individual, y que escuchando a mi cuerpo y respetando sus necesidades es como una llega ahí y se mantiene. ¡Hasta dentro de las “guías oficiales” del IMC tenía mucho margen! 

Pero lo que realmente me asustaba era la sensación de falta de control; no saber un número x al que tener que llegar y planificar cómo, sino dejar a mi cuerpo determinarlo. Cuando lo cierto es que la sensación de control que da el intentar manipular el peso con restricción alimentaria es falsa, y cuando una es realmente libre es cuando elige delegar en quien de verdad sabe lo que necesita y tiende biológicamente a un rango saludable y feliz: el cuerpo. El rol de la mente es no interferir con las creencias falsas de la cultura de la dieta, el hambre emocional, la ansiedad, etc., y tener unos conocimientos básicos de nutrición para saber elegir opciones saludables para el día a día.

Alimentación intuitiva

Puede que esto os sorprenda, pero solo a finales de septiembre de 2020 comencé lo que puede llamarse propiamente alimentación intuitiva. Aunque estuve informándome mucho sobre el asunto por distintas vías, lo que me animó a dar el salto final fue ver los vídeos de “all in” de Stephanie Buttermore. Me inspiró a por fin atreverme a algo tan revolucionario y radical en estos días como escuchar y respetar al cuerpo.

Ha sido una gran liberación, el paso que me faltaba para poder decirme recuperada con todas las letras. Quizás por eso el trastorno estuvo unas semanas más agresivo de lo que lo había notado en mucho tiempo.

Y aquí me encuentro a día de hoy y es donde siempre quiero encontrarme y la meta que querría que todo el mundo alcanzase. ¿Si he acabado de comer lo que me había servido y sigo teniendo hambre? Puedo comer más. ¿Si esto ocurre en todas las comidas de un día? Está bien. ¿Si me queda algo en el plato pero ya me siento llena? Puedo dejarlo y comerlo más adelante. ¿Si me apetece una opción más procesada que de costumbre? Puedo tomarla sin culpa. ¿Si nadie está comiendo pero yo tengo hambre? Puedo comer igualmente. ¿Si vamos a comer fuera? Puedo centrarme en mi menú y mi plato y no en los de los demás.

¿Hago todo siempre “perfecto”? No. Pero esa es otra de las bellezas de la alimentación intuitiva: a diferencia de las dietas o de los trastornos alimenticios, no es blanco/negro, no lo haces bien o fallas. Es un camino de descubrimiento en el que cada acontecimiento que implica a la comida y/o a tu cuerpo es una oportunidad de aprendizaje. Una no se tiene que machacar por no conseguir una vez comer intuitivamente, ni ha fracasado en ello. Por el contrario, ha aprendido información valiosa para próximas ocasiones, y lo mejor es dejarlo ir y continuar con la vida normal.

Y, ¿qué ha pasado con mi peso? Ha subido… muy ligeramente, de forma imperceptible para los demás. Francamente, me esperaba bastante más. Parece que, por ahora y en este punto concreto de mi vida, este es mi peso. Puede que en el futuro cambie. Pero ahora estoy mucho más tranquila, porque he aprendido a dejarme autorregular. De este modo, si en un futuro necesito más o menos comida para estar en mi rango saludable de peso en ese momento, sé que —salvo alguna enfermedad excepcional— lo único que tengo que hacer para asegurarme de que estoy ahí y estoy nutriendo bien mi cuerpo es escuchar sus señales, confiar en ellas y honrarlas. 

Dado que nuestras necesidades energéticas cambian a lo largo de las diferentes etapas vitales por múltiples circunstancias, esta es otra de las razones por las que es fundamental aprender a comer intuitiva y conscientemente, y ni aferrarse a una dieta ni comer mecánicamente por impulsos externos como la hora, el aburrimiento, las emociones o que haya x comida en casa.

Para saber más

  • El recurso clave por excelencia es el libro Intuitive Eating de Evelyn Tribole y Elyse Resch.
  • Los vídeos de Stephanie Buttermore aportan tanto inspiración como documentación científica del proceso de ir “all in”, que es muy parecido a saltar a comer intuitivamente.
  • Esta serie de vídeos de la dietista Abbey Sharp sobre los principios de la alimentación intuitiva es también, como el título de la serie indica, iluminadora.
anieesp

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